Torta de Frambuesa

Las divagaciones de más de 500 caracteres de alguien con una raspberry pi

Ayer soñé que era buscado vivo o muerto por un pecado horrible que hice cuando tenía quince años. Solo fue una falsa alarma. Ayer soñé que un revolucionario me ponía a correr por una cinta como un conejo tratando de alcanzar una zanahoria llamada utopía. Solo fue una falsa alarma. Ayer soñé que aquella mujer de la vida de la canción aquella, llamaba a mi puerta pidiendo ayuda. Solo fue una falsa alarma. Ayer soñé que me mudaba solo y al primer día me daba un ataque. Solo fue una falsa alarma.

¿Con que soñaré hoy? No sé.

Artículo escrito por Mauricio Bruno

  1. No tomes demasiado y nunca muy en serio.
  2. Nunca, bajo ningún concepto, borres una publicación. Errores cometemos todos, pero es preferible pedir disculpas y tratar de corregir el mal antes que fingir que acá no ha pasado nada. La publicación fallida quedará en el muro como una cicatriz que te recordará qué cosas no debes hacer. Eliminarla es el equivalente a introducir una ley de caducidad en tu cerebro; como todos sabemos, el olvido no opera tan fácil y, además, provoca serios traumas.
  3. Acepta la solicitud de amistad de cualquier persona. En la medida en que hoy es técnicamente posible que el guardián de Eduardo Bonomi te grabe con la cámara de tu celular mientras te masturbas mirando anime porno, deberías asumir que la privacidad ha muerto y que si tratas de defenderla te va a pasar lo mismo que a los que luchan por el derecho de autor: el agua te va a pasar. No vas a resguardar mejor ni peor tus más escabrosos secretos en función de que tengas tantos o cuantos amigos o de que los conozcas más o menos. Además, si quieres guardar un simulacro de intimidad, siempre puedes segmentar tus contactos y definir qué información quieres transmitirle a cada uno de ellos. Pero rechazar solicitudes de amistad es de mal gusto. ¿Quién te crees que eres? ¿La reina de Holanda?
  4. La regla anterior, sin embargo, admite varias excepciones. Podrás rechazar solicitudes de amistad en los siguientes casos: cuando el usuario en cuestión tenga cara de homicida en serie; cuando use una foto de perfil extraída de las primeras diez opciones que arroja Google al introducir la búsqueda “hot women”; cuando tenga menos de diez amigos; cuando sea un extranjero que llegó hasta ti por vaya uno a saber qué capricho del dios de los algoritmos.
  5. No expongas asuntos problemáticos relativos a los ámbitos importantes de tu vida, como la familia, el trabajo o la militancia. Las fronteras de la sensibilidad no son las mismas para todos, y es fácil que una persona cercana a ti en el mundo real pero que no integra tus redes virtuales -y que, por lo tanto, no conoce tus códigos de comunicación en ese ámbito- se sienta ofendida por algo dicho allí. Por ejemplo: si eres un profesor de enseñanza media, no traigas a colación asuntos relativos a tus alumnos, no te burles de sus errores o te quejes de su comportamiento. No, chicos, no: aunque no tengan a los botijas en Facebook, no está bien.
  6. En directa relación con el punto anterior, ten en cuenta que las cosas que dices y haces en las redes tienen consecuencias en la vida real. Si no, pregúntenles a los empleados públicos argentinos que embanderaron sus redes con la letra K y perdieron su trabajo durante los primeros meses del gobierno de Mauricio Macri. Esto no quiere decir que haya que aceptar como una cosa natural la vigilancia del gran hermano. Pero esa vigilancia existe y tiene poder. De nada sirve decir “uh, yo no sabía que iban a revisar el Facebook” luego de haberte comido el garrotazo. Por lo tanto, actúa a conciencia y elige tus batallas.
  7. No te enfrasques en discusiones. Si no resistes el impulso de decir algo jugado y controvertido sobre alguna cuestión ontológica o de actualidad, dilo todo de una vez, escribe largo si es necesario, pero una vez dicho lo tuyo, llámate a silencio, sigue con tu vida y evita participar en el foro de comentarios que, eventualmente, puede haber germinado bajo tu idea. A no ser que hayas encontrado un nicho de mercado estupendo y que alguien te pague por hacerlo, invertirás demasiada energía en una práctica improductiva, gastarás pólvora en chimangos y perderás un tiempo precioso que podrías estar dedicando a trabajar, descansar, cultivar tu intelecto o mirar partidos de la Copa Uruguaya Coca-Cola, tanto da.
  8. Respira hondo antes de ceder a la tentación de explicarle cómo funciona el mundo a una persona que, sin saberlo, está proponiendo intervenir sobre lo social mediante la aplicación de ideas dignas de Josef Mengele. Facebook no es precisamente la materialización de la esfera pública con la que soñaba Jürgen Habermas, así que modera tus esperanzas de sostener allí un debate racional.
  9. Ten en cuenta que puedes hacer humor con cualquier cosa pero que la excusa “es un chiiiiiiste boludo! no da para tanto!” no te va a salvar cuando un grupo radical entre a tu casa con la intención de ametrallarte a ti y a toda tu familia. El humorista es a la vida lo que el exquisito al fútbol: si hace una de más, probablemente lo atiendan.
  10. No te indignes. Si algo te solivianta, elabóralo, procésalo, agrégale valor, haz con ello algo mejor. Las personas que te leerán se dividen en dos: las que están tan indignadas como tú y aquellas a las que les chupa un huevo tu molestia. En el mejor de los casos, con las primeras sólo podrás elaborar una rosca de manija mutua con consecuencias de las que te arrepentirás luego. Los otros se reirán de ti o te ignorarán.
  11. No compartas información por mera empatía. Ya sea la foto de un supuesto violador o el testimonio de una señora indignada porque no le paró el bondi, puedes tomarte un tiempo para averiguar qué es lo que estás tentado a compartir y luego decidir si hacerlo o no. Como los cocodrilos y las tortugas, la empatía puede parecer una buena mascota, pero, no lo olvides, crecerá.
  12. Nunca, never, jamais, viajes en el tiempo. Si eres un viejo como yo y sigues usando la computadora, a la derecha de la pantalla verás la timeline, una ventana mágica que te llevará al pasado. Pero que no te engañen: el pasado es un lugar acogedor si lo recuerdas, pero un horrible purgatorio si lo vives nuevamente. Y el examen positivista de la propia vida que habilitan las nuevas tecnologías -reproducción de conversaciones, videos, fotos, todo al alcance de un solo clic- es lo más parecido a ese capítulo de Black Mirror que retrata una sociedad futura en la que la gente puede reproducir, dentro de su cerebro, todo lo que alguna vez vieron sus ojos o escucharon sus oídos, y en donde hay un pinta que, tras una ruptura amorosa, no puede dejar de revisar una y otra vez el proceso que lo llevó de una relación feliz a una vida triste y miserable. Y como dijera Fatigatti, eso es como la droga: un gol de ida.
  13. No uses redes sociales de otros. Lo hice y no es gracioso; es terrible. Todavía no está del todo claro que las redes sociales son un dipositivo para construir ficciones, y que lo dicho en esas ficciones no necesariamente representa lo que la persona detrás del avatar cree en realidad. No pasa como con los actores, que ya sabemos que están jugando a ser otros (salvo, según escuché, en las comedias brasileñas; ahí se lo toman todo muy a pecho). Entonces, no nos hagamos los superados. Esa idea de que el público está más avispado y ya no cree en nada, y que por lo tanto nada de lo que digamos nos compromete, es mentira. En general, tenemos una relación plena con los perfiles de las redes y creemos que lo dicho por el avatar es representativo de algo. Por ende, usurpar un perfil es suplantación de identidad.
  14. Nunca rechaces las opiniones discordantes que tus contactos comparten en tu muro bajo el argumento de “es mi muro, si no te gusta, no comentes”. No, pibe, no. Primero, el muro no es tuyo, es de un señor con cara de bueno que se llama Mark y le entrega tus secretos al gobierno; segundo, decir eso es de gallina. Hay un viejo dicho que dice que el que expone se expone, así que si hablas, bancate las consecuencias.
  15. No trates de resolver las discusiones sobre política con un “bueno, esto es la democracia, cada cual puede tener su propia interpretación, son formas de ver. saludos”, porque de esta manera, si bien parecerás una persona tolerante y liberal, estarás comunicando indirectamente que crees que el otro tiene razón pero que no quieres dársela. Vamos chicos, somos grandes, podemos asumir la derrota y no discutir al pedo.
  16. No tienes la obligación de pronunciarte sobre todos los problemas que ocurren en el mundo. Tampoco tienes la responsabilidad de tener una opinión formada con respecto a todos los temas de agenda. Puedes, honestamente, preguntar. Con suerte, encontrarás algo de luz al final del viaje.

Mi nueva vida comenzó hace pocos días cuando me despedí de Elisa.

A Elisa la conocí de chico en la escuela y vaya si he sentido algo por ella. Era la amiga que todos desean tener, era la que te hacía sonreír en el momento propicio. La que te hacía olvidar el dolor. No me extraña que todos quisieran estar con ella. Pero yo era un caso especial, porque sin saber lo que era el amor, pasabamos los recreos juntos.

Luego la madurez nos ha separado. Ella a hacer sus estudios, yo a los míos. No sé como la habrá pasado ella, pero en mi caso las amistades duraban hasta las vacaciones. Tuve que arreglármelas como pude. Sólo compañerismo y nada más. Pero jamás la olvidé. Hasta de vez en cuando soñaba con ella, más allá de querer volverla a ver.

De pura casualidad es que me encuentro con Laura, una compañera de escuela. Nos contamos de todo lo que pudimos contarnos y hasta me invitó a una reunión una noche en su casa. Allá me encontre con otros varios amigos que no conocía y otros que los conocía pero que no los veía desde hace tiempo. Fue una reunión muy agradable y Laura me pidió mi teléfono por si pintaba hacer otra reunión como esta.

El tiempo pasó y de repente, sorpresa. Me llega un mensaje de texto de alguien desconocido mencionando mi nombre e invitándome a su cumple. Llamé a ese número y me quedé frío. Era Elisa, que me contó donde iba a pasar su cumple y a qué hora. Nos pusimos felices al saber que cumplíamos el mismo día y le dije que con muchísimo gusto iba a ir. Como última cosa me dijo que trajera un libro de poesía porque ella era apasionada por la poesía y que para aquella ocasión ibamos a hacer una ronda donde los invitados ibamos a recitar poemas.

Llegó el día esperado. Elisa me recibió con un abrazo tan fuerte como no había sentido en años, y sentí que estaba en el paraíso. En ese momento entra Laura y para mi sorpresa se saludan con un pico. Yo me quedé mirándolas asombrado y Elisa me explicó que eran novias desde hace unos meses. Yo por fuera las felicité, pero por dentro me sentí morir.

Cuando comenzó la ronda, ella empezó recitando los versos más románticos que pudiera haber escrito García Lorca y sentí puñaladas con cada palabra. Pensé para mí que si no moría esta noche, no me moriría más.

Pasaron otros amigos recitando lo que ellos querían, Becquer, Shakespeare, el Romancero, Benedetti, etc. Y cuando llegó mi turno. Me paré en el centro buscando algún poema, pero todos me resultaban dolorosos de recitar.......hasta que encontré uno. Uno que yo sentía más que nadie y que calzaba perfecto. Uno de Rafael de Leon.

Simplemente me desahogué con aquel poema. Hasta alteré sin querer la letra diciendo “Mas como es rica tu dueña”, sabiendo que era un poema que lo recitaba un hombre a una mujer. Recibí flor de ovación y Elisa me volvió a abrazar tan fuerte como al llegar al cumpleaños, alabando el sentimiento impreso en el recitado. Yo le agradecí el gesto y le dije que también estuvo encantadora cuando recitó esos versos de Lorca. En ese momento tuve la conciencia clara y disfruté del cumpleaños como si fuese el mío (bah, era también el mío, solo que no lo celebraba desde hace tiempo).

A la hora de irme, ella como buena amiga que era me dijo que algún día podríamos hacer una reunion con Laura y los demás. Yo me inventé como excusa de que iba a irme de vacaciones. Nos dimos un abrazo de despedida y me fui en taxi.

Sentí que no pude contener el llanto cuando el taxista prendió la radio. Sonaban tres canciones tan tóxicas. Una de The Cure, una de Sonia Rivas, y para colmo y remate a Nati Mistral recitando el mismo poema que yo recité.........aquella noche con Elisa que me juré que iba a ser la última.

Ahora tengo tanto miedo a los mensajes de texto.

Era mi día libre. Me levanté. Fui a la cocina y abrí la heladera. Fui al baño y abrí respectivamente las canillas de agua caliente y de agua fría. Volví a la cocina y, haciendo un nudo en la boca de la bolsa para residuos, la llevé a la calle y la dejé en la vereda. Luego fui a mi dormitorio y me vestí. Prendí la radio y, volviendo al baño, me lavé la cara. También abrí la llave de agua de la ducha. Fui a la cocina y saqué la manteca de la heladera. Luego salí a comprar el diario. Al regresar, saqué la guitarra de su estuche, y abrí la llave general del gas. Me dediqué un rato a observar los lomos de los libros que había en mi biblioteca y, decidiéndome finalmente por uno, lo llevé a mi dormitorio y lo dejé sobre la mesa de luz. Accioné el ventilador, y salí hacia la panadería. En el camino compré cigarrillos. Una vez de regreso, me apuré a cerrar las canillas de la pileta del baño. También aproveché para darme una ducha. Después me senté en el sofá del living a hojear el diario. Cuando terminé, fui al baño y levanté la tapa del inodoro. Saqué un cigarrillo y me lo puse en la boca. Puse a calentar café. Sentí que la casa tenía olor encierro, así que abrí algunas ventanas para que se ventilara. Me desvestí y tendí toda mi ropa -que estaba empapada- en la cuerda de la terraza. Durante la siguiente hora me ejercité en la ejecución de una pieza de música para guitarra. Luego me serví el café en una taza y apagué la radio. Fui al baño y oriné. Seguidamente doblé el diario en cuatro, puse una hoja en la máquina de escribir después de barrer la cocina y de sacar la tapa del azucarero, encendí el cigarrillo que tenía en la boca y descolgué el tubo del teléfono. Saqué un cuchillo del escurridor, junto a la pileta de la cocina, y corté una rebanada de pan. Enchufé la plancha eléctrica y cerré la llave general del gas. Apagué el ventilador y fui a la terraza a recoger la ropa. Luego, en el baño, me sequé todo el cuerpo con una toalla, y tiré la cadena de la cisterna. Fumé el cigarrillo mientras discaba un número en el teléfono. En la cocina, saqué una cucharita del escurridor y puse dos cucharadas de azúcar en el café. Volví al baño y bajé la tapa del inodoro. Fui al dormitorio y me puse las pantuflas. Otra vez en la cocina, unté la rebanada de pan con manteca. Luego planché la ropa y me vestí. Revolví el café, me lo tomé y apagué el cigarrillo. Tomé el tubo del teléfono pero, no escuchando a nadie al habla, lo colgué. Fui al baño y me lavé los dientes. Luego guardé la manteca en el refrigerador. Cerré las ventanas. Tendí la cama y guardé la guitarra en el estuche. Prendí el velador. Me peiné y comí la rebanada de pan con manteca. Pasé algo en limpio en la máquina de escribir. Me desvestí y desenchufé la plancha. Medité. Me acosté y me puse a leer el libro que tenía en la mesa de luz. A continuación apagué el velador, me levanté y me puse el pijama. Finalmente fui al baño, cerré la llave de agua de la ducha y me dormí.

Lola era la inquilina flaca y loca que se colocaba con el coctel de la coca cola con cascola colada. Cada calenda, las lucas que le quedaban las liquidaba en el colocón del coctel que la enloquecía más que el colacao con alcohol etílico o colación de cal con laca y sal. A Quico (el cool del inquilinato) le clavaba los akays en la lata con la que acumulaba la plata levantada en pala de la gilada. Al alba Lola sacaba mil lingotitos de plata de la lata de Quico pa malgastarlos en el licor de cascola blanca con liquido de cola no alcohólica. Mas a Lola, la inquilina flaca y loca que se colocaba con la coca cola con cascola colada, se le salió por la cola la caca. Y con aquel colocón de locura en el coco quiso licuar la caca en la licuadora. Al quedar líquida la colocó y con el colador la coló con el colador en la cacerola con mas cascola y coca cola. Y el coctel cabal de la caca líquida con la coca cola y la cascola coló su coco loco y Lola, la inquilina flaca y loca quedó liquidada. Qué mal final el del Lola.

¿Soy un ser significante que puede alterar la historia para bien o para mal con algo tan pequeño como una decisión de consumo?

¿Tengo enemigos de los que cuidarme que sean reales y que los pueda sentir como enemigos yo mismo y no como la proyección sobre mí de alguien que sí los considera como tales?

¿Poseo objetos materiales e inmateriales que sean de interés? ¿Debo considerarlos de valor aunque no lo sean para mi?

Quisiera responder que sí por lo menos a alguna de estas preguntas. Pero más que nada quiero dejar de ser torpe.

Crónica de una fiesta

En la puerta de su casa, Sandra Casal le decia a su compañera “Kate, contá conmigo para el karaoke”. Kate había venido de Berkshire y por nada se iba a perder la fiesta.

En la cocina, Elisa embadurnada de harina preparaba unas tortas de cereza. Y es que cocinando a veces era un de-sas-tre.

En el escritorio, Jessica y Catalina jugaban un juego en red con unas coreanas.

En el gimnasio, Thais y Emanuela retonificaban su cuerpos a base de muchos aerobicos mientras sonaba musica latina en sus auriculares

En el dormitorio, chicas no reconocibles, se probaban ropa.

Y de repente viene Sandra y dice “Para más crónicas, paguese tanta cantidad de tokens. No se admiten Barbies”

Cordón no te extraña

Las paredes no extrañan tus grafittis. Las palabras se tapan con la misma pintura con la que se escriben. Las calles no extrañan tus zapatillas. El barro se limpia con la misma agua y jabón con la que limpiabas los autos. El barrio no extraña tus proclamas. Esta playa con su arenal grande y su mar de gente lo ahoga todo en cinco minutos. Cualquier baldosa floja se repara. Cualquier anuncio se arranca. Cordón no te extraña, no empeorará sin ti.

Interrogantes nocturnas

¿No es menester caerle bien a todo el mundo? ¿A quien tengo que ofender?

¿Quien se atreve a llegar a mi mundo? ¿De verdad quiero que lleguen a mi?

¿Que me hace falta en la vida para estar interesado? ¿Que pasa que nada me motiva?

¿De qué ocios me puedo deshacer? ¿Soy un adicto al trabajo hasta para los ocios?

¿Cuerpo y alma son hardware y software? ¿Que es una discapacidad siguiendo esa analogía?

¿Que es eso de encontrarse a uno mismo en otra persona? ¿Existen lectores de rayos x para eso?

¿Qué me pasa que estoy tan lento para pensar? ¿No hay algo que me mantenga despiezzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz...

Arrecife

Recuerdos de muchos veranos de mi adolescencia que ya no volverá. Los treinta grados a la sombra, el mar verdusco, el heladero al que nunca le compramos nada, las raquetas y la pelota de plástico...

Aquellos lentes de sol que me quedaban para el orto Los dos o tres locos que intentaban hacer surf Aquellas sandalias que se deshacían Las revistas de farándula con lo mejor del verano, las músicas, los eventos de moda y belleza...

Y aquel cantito de fogón: “Con jarrelon hacemo un jarrón Con porrelon hacemo un porrón”

Por eso me alegra más el otoño

La buena voluntad es como la arena. Con ella puedes armar bonitos castillos que pueden llegar a ser muy grandes. Pero la lluvia, el viento, el mar y cualquier objeto físico atentan contra esos castillos como si conspiraran conjuntamente. Y como cada grano de arena es independiente y no tiene más lazo con cualquier otro que el de haber sido amoldado para construir el castillo, esos castillos son frágiles y no perduran en el tiempo.

El que aspira a cambiarlo todo, al final no cambia nada. El que aspira a pequeños cambios, al final lo cambia todo. ¡Viva la revolución industrial!

¿Para cuando un bebe nacido de un no binario?

Todo proyecto necesita un cabrón designado para señalar las fallas de una idea. La mayoría no es capaz de pensar en ningún defecto si no se les pasa por 220.

En política conviene tener menos memoria, porque algún día vas a necesitar la ayuda de quien menos quieres que te ayude.

La realidad no siente piedad por los ideales, y mucho menos por quienes los defienden.

Si algún día tuviera que vivir exclusivamente de donaciones de terceros sin una renta básica universal, es porque soy un completo inútil.

Lavado de cerebros es un término políticamente incorrecto para llamar a la educación.

Cuando el hombre no puede alcanzar las estrellas, torna su ira hacia sus cohabitantes.

Inculcarle necesidades a alguien tiene un precio muy alto.

Si el cuerpo es inmodificable, su forma debe bastar. Si el corazón no puede ser balanceado, debe pararse por si mismo. Si el alma no puede ser direccionada, hay que cederle el paso. Y si la mente está destinada a perderse, todo lo que importa es el presente.

Nadie corrige al que no grita su ignorancia.

Antecedentes: Raspberry Pi 3 conectada a internet. Quiero reproducir la musica guardada alli vía streaming sin necesidad de conectar parlantes, que permita reproducir un directorio entero con musica allí, que permita buscar canciones escribiendo al menos el nombre del archivo de audio y que no consuma mucha memoria.

Servicios al que le falta lo primero: Mopidy y todos sus forks Servicios al que le falta lo segundo: Ampache Servicios al que le falta lo tercero: Los antes mencionados Servicios al que le falta lo cuarto: Subsónic y todos sus forks

Pregunta: ¿Y funkwhale? Respuesta: no es mi intención hacer un nodo, solo un servidor con mí musica personal.


Al poco tiempo después de hacer este post, Cherrymusic me resolvió todos los problemas.

Articulo escrito por Guillermo Lamolle

“No por gastado deja de arar el arado”, dice un añoso refrán. Aunque debo confesarles que acaban de leer una mentira: el “refrán” no tiene nada de añoso, ya que lo inventé hace un instante; pero si no lo aclaraba capaz que pasaba. Así como muchas frases, afirmaciones y creencias que a veces aceptamos sin cuestionar; por ejemplo, la generalizada idea de que si a alguien se le da una ayuda monetaria por parte de la sociedad, esta tiene derecho a controlar en qué la gasta. El asunto suele aflorar en forma de crítica hacia quien, siendo beneficiario de alguna política social, aparece –por ejemplo– luciendo un celular caro.

Debería ser innecesario aclarar que para comprar un celular (ya no caro, sino uno chuminga, nomás) se precisa bastante más que lo que recibe por mes, digamos, un beneficiario del Ministerio de Desarrollo Social. Pero algunos parecen creer que se les da un sueldo que les permite vivir sin trabajar, “que es lo que han hecho toda la vida”, agregan, “mientras a uno, que se desloma, en vez de ayudarlo le sacan plata para dársela a estos parásitos”, siguen agregando. Y confieso aquí mi incapacidad literaria y estomacal para armar frases que se aproximen mínimamente a la calidad de lo que pretendo describir.

Esos pensamientos parten de una idea que podría considerarse aceptable en un ultraconservador asumido –digamos, salido del armario–, pero no en quien se autodefine como izquierdista o similar: “Mi dinero es merecido; el que se les da a los pobres, no”. Nada más falso. Solemos heredar nuestra ubicación en la sociedad, junto a la cultura básica y los contactos que nos permiten mantenerla. Aun así, algunos agraciados logran que todo se les evapore, pero suelen ser rápidamente rescatados por sus semejantes.

Otros, casi todos, tenemos más que lo que tuvimos al nacer, simplemente porque a muchísima gente le aumentó sensiblemente la capacidad de compra. Haciendo más o menos lo mismo que hacían nuestros padres, recibimos más. Piénsese que hace medio siglo tener teléfono o televisor –y ni que hablar, auto, o pasar las vacaciones fuera del país– eran claros símbolos de buena posición; ir al Caribe era “cosa de millonarios”. No es que ahora sea una papa, pero nada de eso es tan raro.

Es muy agradable creer que uno progresó en virtud de sus propios méritos. A nadie se le exige una contrapartida ni se le controlan los gastos por el hecho de no ser esclavo, porque está bastante asumido, al menos en los papeles, que la libertad es un derecho, una condición básica, algo sin lo que un ser humano no puede completarse o desarrollarse como tal. Tampoco se le recrimina que se compre un celular o una botella de güisqui con dinero de su sueldo, pero recordemos que ese sueldo (y especialmente su magnitud, por más ínfima que nos parezca) es un derecho que hoy nos parece obvio, pero que costó muchísimas luchas obreras, así como persecuciones y asesinatos por parte de quienes consideraban que no tenían por qué pagarlo. A nadie que viva de rentas o del dinero que le pasan sus padres se le exige que justifique sus gastos.

También tenemos la visión paternalista. “A los pobres hay que ayudarlos pero hay que cuidarlos, no vaya a ser que se gasten lo que les damos en vino o pasta base”, le comenta Fulana a su dealer. “Hay que llevarlos a una chacra a dar vuelta la tierra, así adquieren hábitos de trabajo”, filosofa Mengano desde su silla del bar, mientras se rasca las partes. “Hagamos que la Filarmónica recorra los barrios, con un repertorio que ellos puedan entender, así, al menos, educan su oído”, dice un funcionario de Cultura que es incapaz de diferenciar el toque de Ansina de un toque de queda.

¿Es tan difícil considerar que no alcanza con haber abolido la esclavitud, o con la jornada de ocho horas? ¿Se acabaron los avances? ¿No habrá otros derechos básicos incuestionables y, por lo tanto, no condicionables a conducta o patrón de consumo alguno? ¿No será hora de decir: “Señores, pueden ser todo lo ricos que quieran, pero sobre la base de que todos tengan solucionadas ciertas cuestiones”? (Nótese que tengo la delicadeza de no plantear obscenidades como la abolición de la riqueza). Por otra parte: ¿es tan difícil aceptar que si muchos no vivimos en la miseria es, básicamente, porque tuvimos suerte? ¿O entender, incluso, que si unos pocos han salido de pobres a fuerza de trabajo y talento, ello no significa que todos puedan hacer lo mismo? O me va a decir que usted, clase media, no fue un Lionel Messi, una Shakira o un Bill Gates porque no quiso... Igual, como dice el proverbio: “Si Messi hubiera nacido en Estados Unidos, capaz que jugaba al béisbol y era un queso”.