Torta de Frambuesa

Las divagaciones de más de 500 caracteres de alguien con una raspberry pi

Articulo escrito por Guillermo Lamolle

“No por gastado deja de arar el arado”, dice un añoso refrán. Aunque debo confesarles que acaban de leer una mentira: el “refrán” no tiene nada de añoso, ya que lo inventé hace un instante; pero si no lo aclaraba capaz que pasaba. Así como muchas frases, afirmaciones y creencias que a veces aceptamos sin cuestionar; por ejemplo, la generalizada idea de que si a alguien se le da una ayuda monetaria por parte de la sociedad, esta tiene derecho a controlar en qué la gasta. El asunto suele aflorar en forma de crítica hacia quien, siendo beneficiario de alguna política social, aparece –por ejemplo– luciendo un celular caro.

Debería ser innecesario aclarar que para comprar un celular (ya no caro, sino uno chuminga, nomás) se precisa bastante más que lo que recibe por mes, digamos, un beneficiario del Ministerio de Desarrollo Social. Pero algunos parecen creer que se les da un sueldo que les permite vivir sin trabajar, “que es lo que han hecho toda la vida”, agregan, “mientras a uno, que se desloma, en vez de ayudarlo le sacan plata para dársela a estos parásitos”, siguen agregando. Y confieso aquí mi incapacidad literaria y estomacal para armar frases que se aproximen mínimamente a la calidad de lo que pretendo describir.

Esos pensamientos parten de una idea que podría considerarse aceptable en un ultraconservador asumido –digamos, salido del armario–, pero no en quien se autodefine como izquierdista o similar: “Mi dinero es merecido; el que se les da a los pobres, no”. Nada más falso. Solemos heredar nuestra ubicación en la sociedad, junto a la cultura básica y los contactos que nos permiten mantenerla. Aun así, algunos agraciados logran que todo se les evapore, pero suelen ser rápidamente rescatados por sus semejantes.

Otros, casi todos, tenemos más que lo que tuvimos al nacer, simplemente porque a muchísima gente le aumentó sensiblemente la capacidad de compra. Haciendo más o menos lo mismo que hacían nuestros padres, recibimos más. Piénsese que hace medio siglo tener teléfono o televisor –y ni que hablar, auto, o pasar las vacaciones fuera del país– eran claros símbolos de buena posición; ir al Caribe era “cosa de millonarios”. No es que ahora sea una papa, pero nada de eso es tan raro.

Es muy agradable creer que uno progresó en virtud de sus propios méritos. A nadie se le exige una contrapartida ni se le controlan los gastos por el hecho de no ser esclavo, porque está bastante asumido, al menos en los papeles, que la libertad es un derecho, una condición básica, algo sin lo que un ser humano no puede completarse o desarrollarse como tal. Tampoco se le recrimina que se compre un celular o una botella de güisqui con dinero de su sueldo, pero recordemos que ese sueldo (y especialmente su magnitud, por más ínfima que nos parezca) es un derecho que hoy nos parece obvio, pero que costó muchísimas luchas obreras, así como persecuciones y asesinatos por parte de quienes consideraban que no tenían por qué pagarlo. A nadie que viva de rentas o del dinero que le pasan sus padres se le exige que justifique sus gastos.

También tenemos la visión paternalista. “A los pobres hay que ayudarlos pero hay que cuidarlos, no vaya a ser que se gasten lo que les damos en vino o pasta base”, le comenta Fulana a su dealer. “Hay que llevarlos a una chacra a dar vuelta la tierra, así adquieren hábitos de trabajo”, filosofa Mengano desde su silla del bar, mientras se rasca las partes. “Hagamos que la Filarmónica recorra los barrios, con un repertorio que ellos puedan entender, así, al menos, educan su oído”, dice un funcionario de Cultura que es incapaz de diferenciar el toque de Ansina de un toque de queda.

¿Es tan difícil considerar que no alcanza con haber abolido la esclavitud, o con la jornada de ocho horas? ¿Se acabaron los avances? ¿No habrá otros derechos básicos incuestionables y, por lo tanto, no condicionables a conducta o patrón de consumo alguno? ¿No será hora de decir: “Señores, pueden ser todo lo ricos que quieran, pero sobre la base de que todos tengan solucionadas ciertas cuestiones”? (Nótese que tengo la delicadeza de no plantear obscenidades como la abolición de la riqueza). Por otra parte: ¿es tan difícil aceptar que si muchos no vivimos en la miseria es, básicamente, porque tuvimos suerte? ¿O entender, incluso, que si unos pocos han salido de pobres a fuerza de trabajo y talento, ello no significa que todos puedan hacer lo mismo? O me va a decir que usted, clase media, no fue un Lionel Messi, una Shakira o un Bill Gates porque no quiso... Igual, como dice el proverbio: “Si Messi hubiera nacido en Estados Unidos, capaz que jugaba al béisbol y era un queso”.

Da lo mismo el contrato de banda ancha, que la busques en netflix, en youtube o en rojadirecta o esperando una repetición en Direct TV. Olvídate de ponerte cómodo y picar. La revolución no será televisada.

La revolución no será televisada. La revolución no te la va a traer Pedidos Ya con un descuento del 15 por ciento. La revolución va a tener menos rating que Tinelli haciendo el baile de caño al ritmo de Cannibal Corpse y haciendo un striptease con closeups del pelo púbico porque obvio, la revolución no será televisada.

La revolución no la ponen ni en Cinemateca ni la protagoniza Adrian Suar con Francella ni El Piñe con Claudia Fernandez. La revolución no acumula puntos para cambiar por regalos. La revolución no presta efectivo al toque. La revolución no facilita el pago de multas. La revolución no será televisada, pelotudo.

No va a haber imágenes tuyas con Irma Leites llenando una molotov con Château Lafite Rothschild ni tampoco tocando el bandoneón en la banda del club naval de corazones indultados del Sargento Medina. Factum no va a poder predecir ni el clima ni va a haber móviles desde el exterior. La revolución no será televisada.

Tampoco va a haber imágenes de policías golpeando perroflautas al son de Glenn Miller Tampoco de treinta okupas cagados hasta las patas siendo desalojados del centro en un vagón con todo un barrio pidiendo rifle sanitario. No habrá cámara lenta, ni instantáneas de animalistas siendo penetrados analmente por cuatro caballos de ganadería Gallinal que habían sido entrenados justo para esa ocasión.

El clásico del domingo, el millón salvado y tres cadáveres van a chupar los huevos de mil gallinas y a las mujeres tampoco les va a importar a donde va a llegar el dinero de la Teletón porque la gilada estará en la calle persiguiendo pokemones. La revolución no será televisada.

No habrá ni puesta a punto, ni imágenes de mujeres liberales con sobaco peludo y oloroso, ni de Mujica diciendo que no seas nabo. El tema de la canción no será escrito por Silvio Rodriguez ni por Palito Ortega ni será cantado por Natalia Oreiro, ni Mercedes Sosa, ni el Reja, ni 2 minutos. La revolución no será televisada.

La revolución no ocurrirá justo después de una noticia sobre un ruido blanco, un viernes negro, un submarino amarillo o un terror rojo... o incluso un vaquero mestizo, un gato pardo o un disco de zambo. No tendrás que preocuparte por el fulano guiñando, ni por una mano en la cintura, ni por un vintén en el almacén. La revolución no se quita con agua. La revolución no te hará avivar jamás ni de comprar en Macro Mercado. La revolución te llevará de cabeza contra un árbol.

La revolución no será televisada. No está en la calle, ni donde los ojos vean. La revolución no se repite. La revolución está en vivo.

Este post fue escrito por Robby Soave https://reason.com/blog/2016/11/09/trump-won-because-leftist-political-corr

Muchos dirán que Trump ganó porque capitalizó exitosamente las ansiedades de los trabajadores de cuello azul sobre la inmigración y la globalización. Otros dirán que ganó porque los EEUU rechazaron a una alternativa profundamente impopular. Igual otros dirán que el país es simplemente racista hasta la médula.

Pero hay otra pieza grande del puzzle, y sería un error profundo ignorarla. Ignorarla fue en gran parte el problema, en primer lugar. Trump ganó por un problema cultural que viaja bajo el radar y sigue siendo obstinadamente difícil de definir, pero sin embargo es enormemente importante para una gran cantidad de estadounidenses: la correctitud política.

Más específicamente, Trump ganó porque convenció a una gran cantidad de estadounidenses de que destruiría la correctitud política. Intenté llamar la atención sobre esta cuestión durante años. He avisado que la correctitud política es en realidad un problema en los los campus universitarios, donde la extrema izquierda ganó poder institucional lo utilizó para castigar a la gente por decir o pensar lo equivocado. Y desde que Donald Trump se volvió una amenaza seria para ganar las primarias republicanas, he avisado que mucha gente, tanto en los campus como fuera, estaban furiosos con la correctitud política fuera de control — tan furiosos que le darían el poder a cualquiera que se parara contra esta.

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Y por supuesto, todo lo mencionado ocurriendo al mismo tiempo

Artículo escrito por Mauricio Bruno

Para sobrevivir como práctica, la izquierda debe amputarse la identidad; para sobrevivir como crítica, debe amputarse el discurso.

Debe hacer como la derecha: renovar la estética sin perder la ética. O como dice que hace la derecha: no hablar, hacer; renunciar a decir «soy la izquierda». ¿Por qué? Porque si un candidato a presidente puede decir «soy de izquierda» y «soy de derecha» en la misma oración sin que la opinión pública concluya que es un cínico o un delirante, hay que asumir que la marca «izquierda» ya no sirve, caducó, con el perdón de los buenos señores franceses que se sentaron de ese lado en la Asamblea Nacional Constituyente hace más de 200 años.

Esta máxima deberían aprenderla, antes que nadie, los intelectuales, o sea, «los que piensan a la izquierda». No digo nada nuevo; son las palabras de Marx en su famosa Tesis XI y las de Walter Benjamin en El autor como productor, cuando dijo a los intelectuales alemanes de su tiempo (más o menos, 1930) que deberían dejarse de joder con eso de enmendarle la plana a la clase obrera acerca de cómo se debe hacer una revolución y que deberían empezar ellos mismos por revolucionar su lugar en el mundo -en última instancia, aunque no quisieran verlo o aunque pudieran negarlo mentando recursos como las libertades de opinión o de cátedra, esos intelectuales también estaban sujetos a relaciones de producción capitalistas y, por lo tanto, eran, además de autores, productores, o sea, proletarios- y sus herramientas intelectuales. Si eran escritores -decía el Walter- debían revolucionar la literatura, debían apropiarse de los avances tecnológicos (y de los medios, los discursos y las estéticas del capital, o sea, de la máquina medios-masa) para abrir el campo y habilitar la posibilidad de que otros trabajadores se transformaran también en intelectuales y desapareciera la propia figura del intelectual. A la mierda con el «escritor social», que pinta el drama de los pobres para «generar conciencia» -dice Walter, con palabras más amables-; ya está demostrado que el capitalismo es capaz de absorber y reciclar en mercancía cantidades monstruosas de discurso crítico. Si tanto te conmueven los pobres, diría el Walter, compartí con ellos lo único que podés, o sea, tu herramienta; ellos la usarán como quieran, y ese es un gesto mucho más revolucionario que cualquier toma de posición.

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Comienzo a escribir después de recuperarme del asco que me dio leer a ese ultra. Ultra imbécil que se hace el perseguido y es un cagón de los que se ven por ahí. Ahí se la pasaba gritando lobo a más siniestra que diestra y clamando revuelta. Revuelta que se le dio vuelta contra sí mismo cuando el juez puso a revisar todo. Todo evidenció que la mala intención de los acusados no era tal y fue echado. Echado se ha ido a otra vecindad y se lo ve ahora con compañía gritando lobo. Lobo que aunque aúlle siempre fue sólo un perro domesticado desde el comienzo.

La estás teniendo requete adentro.

Por culpa del enchastre provocado por la chica plus el grifo del quiosquero de la esquina se llenó de pus y después de limpiarlo no pudo tomar el autobús para poder pagar la última factura de la luz

Al enterarme de la historia no faltó la inspiración para hacer un intento medio vago de investigación el cual desembocó en esta estúpida composición de palabras y rimas mas sin ninguna musicación

La chica plus es un seudónimo de alguien de Brasil por fuera es vendedora, sus clientes ya son más de mil te vende casas, ropa, juguetitos y hasta un cuchitril es re profesional y sobre todo su trato es gentil

Su hobby es la gimnasia, el cuidar su cuerpo es su interés quiere mostrar a todos su rutina que hace mes a mes con una camarita de video en un dos por tres hace cien sentadillas, pectorales y aún más después

Y cuando llega a casa sus videos se pone a editar se cuida de no ser reconocida en ningún lugar para mostrarlos, por la chica plus ella se hace pasar y los que miran, un visible enchastre acaban por armar.

Yo soy la prespiputa que Tojeiro ha mencionao Pues con mi amiga pusimos la droja en el colacao Y como veran ustedes les voy a relatar Como los cuatro millones nos conseguimos furtar

Con el Colacao se ha tomado una siesta Con el Colacao se ha tomado una siesta ideal Colocao, colocao

Tojeiro con mi amiga fazia follones Yo vigilaba cerca de los cajones Se bebió con la drojita la lechita calentita Y en un minutito o dos, se duerme que es un primor.

Con el Colacao se ha tomado una siesta Con el Colacao se ha tomado una siesta ideal Colocao, colocao

Antecedentes:

Supongamos la existencia de ContentMart, una plataforma de contenidos grande, centralizada y usada por todo el mundo. Supongamos tres personas que la usan y aportan contenidos: Don Ramón (persona afiliada a la extrema derecha), Don Luis (persona afiliada a la extrema izquierda) y Don José (persona que no empatiza con ninguna de las dos posturas ideológicas ya mencionadas, el tipo sube cualquier contenido sin fines de lucro). Y por otra parte supongamos dos plataformas alternativas a ContentMart, ambas con mucha menos antigüedad y popularidad. Por ahora, ni Don Ramón ni Don Luis ni Don José tienen conocimientos ni medios para crear su propia plataforma.

Comienzo de la purga:

ContentMart inicia una purga para deshacerse de los usuarios extremistas, tanto de izquierda como de derecha. Don Ramón creerá erroneamente que ContentMart se puso del lado de los Don Luis mientras que Don Luis creerá erroneamente que ContentMart se puso del lado de los Don Ramón. Don Ramón finalmente encuentra la primera plataforma alternativa y anima a sus camaradas a unirse a dicha plataforma. Don Luis encuentra la segunda plataforma alternativa y anima a sus camaradas a unirse a dicha plataforma. Puede que Don Luis o un compañero suyo haya probado entrar a la primera, pero al verla ya colonizada por los camaradas de Don Ramón la abandonarán y querrán estar lejos de ellos. Don José ni se inmuta. No es ni como Don Luis ni como Don Ramón. La gente que ve su contenido es bastante neutro, o al menos ninguno aparenta ser como Don Luis ni como Don Ramón.

Tu turno:

Un día ContentMart echa a Don José. Un cambio en las políticas de uso de ContentMart perjudica a quienes subían cierto contenido no autorizado y José acaba siendo víctima. El podría probar alguna de las dos alternativas a ContentMart pero encontrará ambas plataformas llenas de gente con la que no se sentirá afiliada y eso le generará cierta repulsión. Entonces Don José seguirá intentando usar ContentMart. A lo mejor algún día Don José consiga el conocimiento y los medios para crear su propia plataforma para uso personal, pero hasta el día en que eso ocurra, o que las plataformas alternativas tengan una actitud más bienvenida con los Don Josés alrededor del mundo, estos seguirán prefiriendo usar ContentMart.

Aviso: Este testimonio lo escribí para otro blog en el 2015 cuando usaba GNU Social. Ya he madurado mucho más, pero hay cosas que en cuatro años no cambiaron.


Mi problema nunca fue con la red, sino con lo social. Lo que me había pasado con Facebook me ha vuelto a pasar con GNU Social. Me estoy enojando por dentro con los posts que leo y con la gente que escribe.

En Facebook estaban los únicos amigos que conocí en persona. Amigos de la escuela y el liceo. Toda la infancia y la adolescencia la viví con ellos. Luego el tiempo nos separó y yo me quedé como un solitario en la universidad. Allí nunca hice amigos. Allí trabajaba en grupo cuando se tenía que trabajar en grupo, pero nunca pasaba nada conmigo más allá de las clases y la tarea. Por primera vez en mi vida me dolía la soledad. La madurez me traicionó.

Las coincidencias hacen que años después me reencuentre con ellos. Ellos parecen lo suficientemente unidos. Pero yo me veía como un ser extraño que sólo compartió la infancia.

Un día una chica me sugirió que entrara a Facebook y que mantenga vivo el contacto con ellos. Yo le dije que no veía bien eso de las redes sociales que sabían todo de tu vida y que seguro habría alguien detrás. Lo que me dijo ella fue hiriente: “No seas mala onda, además no sos un criminal ¿o sí?”

Fue hiriente porque eso pasó hace 5 años y en aquel momento era imposible que me imaginara en el futuro como ahora soy (usando Linux, sabiendo de estas cosas de seguridad). No tenía ningún conocimiento de privacidad que ahora tengo. Sólo tenía un poco de sentido común (saber con quien relacionarse, tener cudado con ciertas páginas, etc.) y nada más. Ahora ni el sentido común es suficiente.

Pero lo peor fue que me dijera “mala onda”. Nunca fui un ser muy sociable y que me llamaran mala onda es como si mis gustos me volvían un ser repelente y que no debería hablarme nadie.

Así que entré allí quedé aliviado. Yo no era un mala onda. Se alegraban de verme y yo me alegraba de verlos. Nos enterabamos de muchas cosas, y poco después ya nos volvíamos a ver las caras de nuevo en cumpleaños y graduaciones.

Pero luego de tanta felicidad, acabé aburriéndome. Ellos saben que no me gusta la cumbia y por eso saben que no voy a bailar. Ellos saben que cuando hay reunión o cumpleaños, soy el que llega primero y el que se va primero porque quiero saber como andan. Sus vidas son tan rutinarias como las mías, así que no debería ahondar en ello.

También tengo ese problema de meterme en una conversación y aún más cuando todos hablan alrededor cada cual con su tema.

Entonces Facebook se volvió un recordatorio de la brecha entre yo y ellos. Ellos en sus vidas, yo en la mía. Yo enterándome de lo de la NSA y ellos... ellos con otras preocupaciones más importantes. Ya me estaba empezando a picar la idea de irme de allí.

Pero claro, yo era consciente de que si me iba a ir, me iba a ir solo. Solo como en la universidad. Solo como siempre. Así que simplemente les avisé que me iba de Facebook y me dijeron que no había ningún problema con eso. Me iba solo pero en paz.

Poco después empezaba el escándalo de Barbijaputa y entonces aproveché a meterme en GNU Social. Sólo fue por la moda, nunca por los ideales. En mi vida, antes de Stallman vino el Zaratustra de Nietzsche y por eso veo a los gurus con malos ojos.

Eran aires nuevos pero con un tufo a comité político. Sabía que si me iba a quedar aquí para no volver a Facebook, tenía que abrirme paso y cambiar la percepción de la red. No tuve más remedio que invadir la cancha.

Lo peor de todo es que así fue como hice amigos allí. Ya no me sentía solo. Pero esa amistad es algo traicionera. Cuando parece que puedo bajar los humos, allí se abalanzan con su testadurez.

Antes veía las fotos de mis amigos de la vida real pasándola bien en las fiestas y me ponía mal. Ahora leo los mensajes de mi linea temporal y también me pongo mal. Y tambien me pongo mal cuando mis amigos reales me invitan (y yo acabo aceptando porque......después de todo son mis amigos de siempre).

Este post lo han motivado dos cosas: Por un lado todas las reuniones que tuve con mis ex-compañeros. La última hace un mes, después de 10 meses sin verlos, que eran 10 meses desde que dejé Facebook y 10 meses que nunca supe nada de ellos. Por otro una discusión que tuve en una sala porque dije que el único defecto que tiene XMPP es que quienes lo usan no ven nada como un defecto de XMPP. Para ellos es perfecto y ante cualquier crítica te dicen “Volvete a caralibro gil y dejá que te espíen”.

A todos estos les respondo este extracto del koan 196 de El Código sin Código, llamado “Tarifa”

“Le hablas a tus pares como si fueran registros vacíos esperando ser llenados con los bits de tu sabiduría. Nuestro mundo podrá ser digital y seco, pero está construído encima de wetware, el cual es blando, irracional y propenso a sobrecalentarse. No puedes cambiar un cerebro de cero a uno símplemente alabando el uno. Debes empezar en el cero, elogiar sus virtudes, explorar sus fallas, exhortar a tus oyentes a mirar más allá. Para pesar el cero contra el uno, el oyente debe tener a ambos en cuenta. Sólo cuando hayan elegido libremente el uno abandonarán el cero.”

Aún manteniendo el dedo índice del aprendiz más viejo, la maestra Suku lentamente dibujó un cero en las tárimas y un uno a través de su centro. Considerando el nuevo símbolo, el aprendiz más viejo fue corregido.